La piedra local aporta masa térmica, inercia y un pie sólido contra ascensos de humedad. Escogemos piezas con porosidad adecuada, formato compatible con la mampostería existente y textura que acepte juntas de cal transpirables. Al rehacer zócalos, cuidamos goteos, encuentros con madera y ventilación discreta del arranque. El resultado corta capilaridades indeseadas, amortigua cambios térmicos y regala una base duradera que guarda golpes de pala, botas nevadas y bicicletas de niños sin perder nobleza, brillo ni su delicado diálogo con la luz fría de la mañana.
La selección de rollizos comienza en el monte, donde identificamos árboles rectos, anillos densos y fustes sin nudos críticos. Preferimos alerce para exteriores castigados por lluvia y sol, pícea para elementos estructurales protegidos y abeto para soluciones ligeras. Coordinamos con aserraderos de valle cortes radiales, secado lento y etiquetado responsable. Así controlamos flechas, torsiones y estabilidad dimensional. Cuando la viga llega a obra, suena firme al golpearla, huele a resina limpia y abraza ensamblajes tradicionales que reducen herrajes expuestos y mantienen legible la lógica constructiva original.
La longevidad depende tanto del material como de su protección. Optamos por aceites de linaza cocida modificados, lasures de base vegetal, barnices de baja película y lechadas de cal que permiten intercambio de vapor. En piezas expuestas y tejuelas empleamos tratamientos tradicionales como breas vegetales y tintes minerales que matizan sin sellar. La clave está en capas finas, mantenimiento programado y lectura atenta de orientaciones y escorrentías. Así la madera patina con gracia, la piedra no se descama y la casa gana dignidad con cada estación, sin encerrar humedad ni tensiones.